18 de diciembre: Oh Adonaí

Oh Adonaí y Jefe de la Casa de Israel, que te apareciste a Moisés en el fuego de la zarza ardiente y le diste la Ley en el Sinaí, ven a redimirnos con tu brazo extendido.

 Para los antiguos conocer el nombre de alguien era poseerlo y dar a conocer el propio nombre era, de alguna manera, devenir propiedad de otro. Cuando Dios revela su nombre a Moisés en la zarza ardiente (Ex 3,13-15) y le dice que su nombre es “Yo soy el que soy”, deviene de alguna manera “posesión” de los hombres; los hombres lo pueden llamar, invocar y esto es fuente de seguridad y de paz: Dios está aquí y yo lo puedo llamar.

El pueblo de Israel experimentó la presencia y la cercanía de Dios a lo largo de los 40 años del desierto: allí Él lo alimentó con el maná, lo guío con una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche, le dio los mandamientos en el monte Sinaí y lo introdujo en la tierra prometida, donde lo libró de todos sus enemigos con su brazo poderoso.

Jesús es el “Emmanuel” es decir: el “Dios con nosotros, el Salvador que viene a librarnos del poder del pecado y de la muerte. La diferencia es que ahora el poder de Dios se expresa en la debilidad de un Niño y en la muerte de un Hombre, pero la debilidad de aquel Niño y la muerte de aquel Hombre que es Cristo, salva verdaderamente no sólo a Israel sino a toda la humanidad.

En esta antífona reconocemos en Jesús al nuevo Moisés, al Jefe y Guía que da al mundo una nueva Ley, la ley del amor, de la humildad, de la pobreza, de la simplicidad, que es la ley de Reino, de la Nueva Tierra prometida.