Primera semana de cuaresma

Primera semana de cuaresma

Homilía del Papa Juan Pablo II

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Ramón Nonato 21 de febrero del 1999

Gn 2, 7-9; 3, 1-7/ Sal 50/ Rm 5, 12-19/Mt 4, 1-11

 

1. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4, 1).

Al comienzo del tiempo cuaresmal, la liturgia nos presenta a Jesús que, en el desierto, afronta al tentador. El Hijo de Dios, probado duramente por el maligno, supera las tres tentaciones fundamentales que insidian toda existencia humana: la concupiscencia, la manipulación de Dios y la idolatría.

Las tres insinuaciones solapadas de satanás: «Si eres hijo de Dios…» son el contrapunto de la proclamación solemne del Padre celestial en el momento del bautismo en el Jordán: «Éste es mi Hijo amado» (Mt 3, 17). Constituyen, por tanto, una prueba que guarda una profunda relación con la misión del Salvador. Y la victoria de Cristo, al comienzo de su vida pública, anuncia su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, que se realizará en el misterio pascual.

Con su muerte y resurrección, Jesús no sólo borrará el pecado de los primeros padres, sino que también comunicará al hombre, a todo hombre, la sobreabundancia de la gracia de Dios. Es lo que recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura, que acabamos de proclamar: «Como por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos» (Rm 5, 19).

2. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4).

Al comienzo de la Cuaresma, tiempo litúrgico «fuerte» que nos invita a la conversión, estas palabras de Jesús resuenan para cada uno de nosotros. Dejemos que la «palabra que sale de la boca de Dios» nos interpele y alimente nuestro espíritu, puesto que «no sólo de pan vive el hombre». Nuestro corazón tiene necesidad, sobre todo, de Dios.

4. «Misericordia, Señor: hemos pecado» (Salmo responsorial).

Como todos sabemos, la Cuaresma es un tiempo fuerte de penitencia y de gracia. Este año, invita de manera mucho más significativa al arrepentimiento y a la conversión, con vistas al jubileo del año 2000. Ya sabéis que la conversión «comprende tanto un aspecto negativo de liberación del pecado, como un aspecto positivo de elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio» (Tertio millennio adveniente, 50).

Queridos hermanos, vivamos todos la Cuaresma con este espíritu. Poned especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y amar. Ojalá que la cercanía del acontecimiento jubilar despierte en cada creyente un interés activo por este sacramento; que los sacerdotes estén dispuestos a desempeñar con esmero y dedicación este ministerio sacramental indispensable; que se multipliquen en la ciudad los lugares de celebración de la penitencia, con confesores disponibles en los diversos horarios de la jornada, preparados para dispensar en abundancia la inagotable misericordia de Dios.

5. «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, (…) lava del todo mi delito. (…) Crea en mí un corazón puro. (…) Devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza» (Salmo responsorial).

Resuena en nuestro espíritu el eco de esta oración de David, conmovido por las palabras del profeta Natán. Es el salmo llamado Miserere, muy utilizado por la liturgia y apreciado por la piedad popular. La Cuaresma es el tiempo propicio para hacerlo nuestro y suscitar en nuestro corazón las disposiciones oportunas para encontrar al Dios de la reconciliación y de la paz con «un espíritu contrito, un corazón quebrantado y humillado».

«Misericordia, Dios mío, por tu bondad»: como nos sugiere la liturgia de hoy, así emprenderemos, Señor, el camino cuaresmal con la fuerza de tu palabra, «para vencer las tentaciones del maligno y llegar a la Pascua con la alegría del Espíritu». Amén

Domingo I de Cuaresma. Ciclo B

 

Homilía del Papa Benedicto XVI Domingo 5 de marzo de 2006

Gn 9, 8-15/Sal 24/1Pe 3, 18-22/ 5, 12-19/Mc 1, 12-15

 

El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma, y hoy celebramos el primer domingo de este tiempo litúrgico, que estimula a los cristianos a comprometerse en un camino de preparación para la Pascua. Hoy el evangelio nos recuerda que Jesús, después de haber sido bautizado en el río Jordán, impulsado por el Espíritu Santo, que se había posado sobre él revelándolo como el Cristo, se retiró durante cuarenta días al desierto de Judá, donde superó las tentaciones de Satanás (cf. Mc 1, 12-13). Siguiendo a su Maestro y Señor, también los cristianos entran espiritualmente en el desierto cuaresmal para afrontar junto con él «el combate contra el espíritu del mal».

La imagen del desierto es una metáfora muy elocuente de la condición humana. El libro del Éxodo narra la experiencia del pueblo de Israel que, habiendo salido de Egipto, peregrinó por el desierto del Sinaí durante cuarenta años antes de llegar a la tierra prometida. A lo largo de aquel largo viaje, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducía a perder la confianza en el Señor y a volver atrás; pero, al mismo tiempo, gracias a la mediación de Moisés, aprendieron a escuchar la voz de Dios, que los invitaba a convertirse en su pueblo santo.

Al meditar en esta página bíblica, comprendemos que, para realizar plenamente la vida en la libertad, es preciso superar la prueba que la misma libertad implica, es decir, la tentación. Sólo liberada de la esclavitud de la mentira y del pecado, la persona humana, gracias a la obediencia de la fe, que la abre a la verdad, encuentra el sentido pleno de su existencia y alcanza la paz, el amor y la alegría.

Precisamente por eso, la Cuaresma constituye un tiempo favorable para una atenta revisión de vida en el recogimiento, la oración y la penitencia. Los ejercicios espirituales que, como es costumbre, tendrán lugar desde esta tarde hasta el sábado próximo aquí, en el palacio apostólico, me ayudarán a mí y a mis colaboradores de la Curia romana a entrar más conscientemente en este característico clima cuaresmal.

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os pido que me acompañéis con vuestras oraciones, os aseguro un recuerdo ante el Señor a fin de que la Cuaresma sea para todos los cristianos una ocasión de conversión y de impulso aún más valiente hacia la santidad. Con este fin, invoquemos la intercesión materna de la Virgen María.

 

Domingo I de Cuaresma. Ciclo C

 

Homilía del Papa Juan Pablo II

En la parroquia de Santa María de la Merced y San Adrián Mártir20 de febrero del 1983

Dt 26,4-10/Rm 10,8-13/Lc 4,1-13

 

La tentación. –  Hemos empezado la Cuaresma para seguir el ejemplo de Cristo que, al inicio de su actividad mesiánica en Israel, “durante 40 días fue tentado por el diablo” (Lc 4,1), y “todo aquel tiempo estuvo sin comer” (Lc 4,2).

 

Nos lo dice el Evangelista Lucas en este primer domingo de Cuaresma, y después de haber dicho que Cristo “fue tentado por el diablo” (Lc 4,2), describe detalladamente esta tentación. Nos hallamos ante un acontecimiento que nos afecta profundamente. La tentación de Jesús en el desierto ha constituido para muchos hombres, santos, teólogos, escritores, artistas, un tema fecundo de reflexión y creatividad. ¡Tan profundo es el contenido de este acontecimiento! Dice mucho de Cristo: el Hijo de Dios que se ha hecho verdadero hombre. Hace meditar mucho a cada hombre.

 

La descripción de la tentación de Jesús, que volvemos a leer este domingo de Cuaresma, tiene una elocuencia especial. Efectivamente, en este período, incluso más que en cualquier otro, el hombre debe hacerse consciente de que su vida discurre en el mundo entre el bien y el mal. La tentación no es más que dirigir hacia el mal todo aquello de lo que el hombre puede y debe hacer buen uso. Si hace mal uso de ello, lo hace porque cede a la triple concupiscencia: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y orgullo de la vida. La concupiscencia, en cierto sentido, deforma el bien que el hombre encuentra en sí y alrededor de sí, y falsea su corazón. El bien, desviado de este modo, pierde su sentido salvífico y, en vez de llevar al hombre a Dios, se transforma en instrumento de satisfacción de los sentidos y de vanagloria.

 

No se trata ahora de someter a un análisis detallado la descripción de la tentación de Cristo, sino de llamar la atención sobre el deber que tiene cada uno de meditarla convenientemente. Es preciso, sobre todo, que en el tiempo de Cuaresma cada uno entre en sí mismo y se dé cuenta de cómo siente él específicamente esta tentación. Y que aprenda de Cristo a superarla.

 

Los medios para luchar: sacrificio y oración. – La tentación nos aparta de Dios y nos dirige de modo desordenado a nosotros mismos y al mundo. Y, por esto, juntamente con la lectura del Evangelio de hoy, tratamos de comprender también otras lecturas de esta liturgia.

 

La primera lectura del libro del Deuteronomio invita a ofrecer a Dios en sacrificio las primicias de los frutos de la tierra. Si la tentación nos dirige de modo desordenado hacia nosotros mismos y hacia el mundo, tenemos que superar este modo desordenado precisamente con el sacrificio. Cultivando el sacrificio, o mejor, el espíritu del sacrificio, no permitimos a la tentación que prevalezca en nuestro corazón, sino que mantenemos a éste en clima de interioridad y de orden.

 

El Salmo responsorial nos enseña la confianza en Dios y a abandonarnos en su santa Providencia. Se trata del maravilloso Salmo 90(91), que debemos conocer bien procurando orar de vez en cuando con sus palabras:

 

“Tú que habitas al amparo del Altísimo, / que vives a la sombra del Omnipotente, / di al Señor: “refugio mío, alcázar mío, / Dios mío confío en ti” (Sal 90(91), 1-2).

 

Así dice el hombre, y Dios responde:

 

“Se puso junto a mí: lo libraré;/ lo protegeré porque conoce mi nombre, / me invocará y lo escucharé. / Con él estaré en la tribulación, / lo defenderé, lo glorificaré” (Sal 90(91), 14-15).

 

Las lecturas de la liturgia de hoy parecen decir: si no quieres ceder a las tentaciones, si no quieres dejarte guiar por ellas hacia caminos extraviados, ¡Sé hombre de oración! Ten confianza en Dios, y manifiéstala con la oración.

 

Mirar a la eternidad

 

Y aún nos dice más la liturgia cuaresmal de hoy: ¡Sé hombre de fe profunda y viva!

 

Escuchad las palabras de la carta de San Pablo a los Romanos: “Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: la tienes en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación” (Rm 10,8-10).

 

Por lo tanto, ¡Sé hombre de fe! Sobre todo, ahora, en el tiempo de Cuaresma, renueva tu fe en Jesucristo: crucificado y resucitado. ¡Medita la enseñanza de la fe! ¡Medita sus verdades divinas! Y principalmente: penetra con la fe tu corazón y tu vida (“Por la fe del corazón llegamos a la justicia”). Profesa esta fe con la mente y con el corazón; con la palabra y con las obras: (“por la profesión de los labios llegamos a la salvación”). “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Efectivamente, debemos orar cada día por el pan cotidiano. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir para la eternidad.

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