Semana Santa

Semana Santa

Homilía del Papa Benedicto XVI

Is 42, 1-7/ Sal 27(26) / Jn 12, 1-11.

Casa de Santa Martha 29 de marzo de 2010

El Evangelio recién proclamado nos conduce a Betania, donde, como apunta el evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús. En este relato evangélico hay un gesto sobre el que deseo llamar la atención: María de Betania, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos» (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón.

María se pone a los pies de Jesús en humilde actitud de servicio, como hará el propio Maestro en la última Cena, cuando, como dice el cuarto Evangelio, «se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13, 4-5), para que —dijo— «también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (v. 15): la regla de la comunidad de Jesús es la del amor que sabe servir hasta el don de la vida. Y el perfume se difunde: «Toda la casa —anota el evangelista— se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3). El significado del gesto de María, que es respuesta al amor infinito de Dios, se expande entre todos los convidados; todo gesto de caridad y de devoción auténtica a Cristo no se limita a un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino a todo el cuerpo de la Iglesia; es contagioso: infunde amor, alegría y luz.

«Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura» (Jn 12, 7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su «hora», la «hora» en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse «haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 8). San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, nos dirige a cada uno, con palabras apremiantes, la invitación a entrar en este circuito de amor, imitando el gesto de María y situándonos concretamente en el seguimiento de Jesús. Escribe san Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor» (In Ioh. evang., 50, 6).

Martes Santo

 

Homilía del Cardenal Pironio

Is 49,1-6 / Sal 70 / Jn 13,21-33.36-38

15 de abril de 1981

 

«Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre

y Dios ha sido glorificado en Él»

 

El Señor va libremente a la Pasión. Él mismo lo dice: nadie me quita la vida, la doy por mí mismo, esa es la orden que recibí de mi Padre. Toda la Pasión de Jesús, todo lo que va a ocurrir estos días es Jesús que libremente, aceptando la voluntad del Padre ha querido devolvernos la vida, liberarnos del pecado y hacernos libres. Lo vemos a Jesús, el siervo de Yahvé que va a la muerte, el cual sin embargo tiene confianza porque el Padre no lo abandona.

Nosotros hacemos nuestra la Pasión de Jesús. Nosotros también tenemos que acercarnos libremente a tomar la cruz que el Señor adorablemente tiene preparada para nosotros. No hay vida cristiana sin pasar por la cruz. Empezar a vivir en Jesús por el Bautismo es empezar un camino de sufrimiento. Por consiguiente, también para nosotros –claro, a una distancia infinita– hay una cruz, una pasión, porque el cristiano tiene que seguir al Señor. En esos momentos tenemos que recordar: si alguien quiere venir en pos de mí que se renuncie a sí mismo que tome su cruz todos los días y que me siga. Pero al mismo tiempo tener una gran confianza en la fidelidad del Señor que nunca falla.

La misma cruz es la que aparece en el canto del Evangelio: “Salve, Rey nuestro, obediente al Padre, fuiste conducido a la cruz como un cordero manso es conducido al matadero”.

Pero el Evangelio trae una página muy triste. Es la página de Judas. Judas el que lo vende, que lo traiciona. No nos ponemos a discutir por qué lo hizo. Lo único que nos interesa hoy es que era uno de los doce, uno de los que habían sido particularmente elegidos por el Señor, amados por el Señor. Uno a quien Jesús todavía llamará en el Huerto de los Olivos “amigo”, y sin embargo lo traiciona. La página de hoy nos recuerda esto. Jesús está sentado a la mesa y tiene una gran tristeza, lo primero que dice es esto: en verdad os digo uno de ustedes me va a entregar.

Nosotros hemos sido elegidos particularmente por el Señor y le seguimos muy de cerca. Ciertamente no seríamos capaces de hacer un acto como el que hizo Judas, pero tantas cosas de nuestra vida son también infidelidades al Señor, rechazos al Señor. Evidentemente, si alguien nos ofreciera traicionar al Señor por treinta monedas no lo haríamos. Pero hay tantas otras cosas que son traicionar al Señor, que se pueden comparar con las treinta monedas. Tantos actos de codicia, tantas faltas de caridad, tantas faltas de oración que son monedas.

Hoy tiene que ser el día de la reparación. Debemos tener el deseo de vivir más en caridad, siguiendo más al Cristo crucificado, preparando nuestras almas con una purificación muy honda, para poder contemplarlo. Para aprovechar estos días es necesario mucho recogimiento, mucha contemplación del Señor, mucha oración y una alegre y serena entrega al Señor.

En esta Misa pedimos muy especialmente que el Señor prepare nuestros corazones para vivir los días santos y nos prepare para la Pascua.

Miércoles Santo

 

Homilía del Papa Francisco

Isaías 50, 4-9a. / Sal 68, 8-10. 21-2 / Mt 26,14-25

8 de abril de 2020

El Miércoles Santo también se llama “miércoles de la traición”, el día en que se subraya en la Iglesia la traición de Judas. Judas vende al Maestro.

Cuando pensamos en el hecho de vender a la gente, nos viene a la mente el comercio hecho con los esclavos de África para llevarlos a América una cosa antigua luego el comercio, por ejemplo, de las jóvenes yazidíes vendidas al Daesh: pero es una cosa lejana, es una cosa… También hoy en día se vende gente. Todos los días. Hay Judas que venden a sus hermanos y hermanas: explotándolos en el trabajo, no pagando lo justo, no reconociendo los deberes… Es más, venden muchas veces lo más querido. Creo que para estar más cómodo un hombre es capaz de alejar a los padres y no verlos más; ponerlos protegidos en una residencia y no ir a verlos… vende. Hay un dicho muy común que, hablando de gente así, dice que “este es capaz de vender a su madre”: y la vende. Ahora están tranquilos, están alejados: “Cuídenlos ustedes…”.

Hoy en día el comercio de seres humanos es como el de otros tiempos: se hace. ¿Y esto por qué? Porque Jesús lo dijo. Él le dio al dinero un señorío. Jesús dijo: “No podéis servir a Dios y al dinero” (cf. Lc 16,13), dos señores. Es lo único que Jesús pone a un nivel, y cada uno de nosotros debe elegir: o sirves a Dios, y serás libre en la adoración y el servicio, o sirves al dinero, y serás esclavo del dinero. Esta es la opción; y mucha gente quiere servir a Dios y al dinero. Y esto no puede ser. Al final fingen que sirven a Dios para servir al dinero. Son los explotadores ocultos que socialmente son impecables, pero bajo la mesa comercian, incluso con la gente: no importa. La explotación humana consiste en vender al prójimo.

Judas se ha ido, pero ha dejado discípulos, que no son sus discípulos, sino del diablo. No sabemos cómo fue la vida de Judas. Un muchacho normal, tal vez, e incluso con inquietudes, porque el Señor lo llamó a ser discípulo. Él nunca logró serlo: no tenía boca de discípulo ni corazón de discípulo, como hemos leído en la primera Lectura. Era débil en el discipulado, pero Jesús lo amaba… Luego el Evangelio nos hace comprender que le gustaba el dinero: en casa de Lázaro, cuando María ungió los pies de Jesús con aquel perfume tan caro, hizo una reflexión y Juan subraya: “Pero no lo dice porque amaba a los pobres: porque era ladrón” (cf. Jn 12,6). El amor por el dinero lo había llevado fuera de las reglas: a robar, y de robar a traicionar hay un paso, pequeñito. Quien ama demasiado el dinero traiciona para tener más, siempre: es una regla, es un hecho comprobado. El Judas muchacho, quizás bueno, con buenas intenciones, termina siendo un traidor hasta el punto de ir al mercado a vender: “Fue donde los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Qué me daréis, si os lo entrego?»” (cf. Mt 26,14). En mi opinión, este hombre estaba fuera de sí.

Una cosa que me llama la atención es que Jesús nunca le dice “traidor”; dice que será traicionado, pero no le dice a él “traidor”. Nunca dice: “Vete, traidor”. ¡Nunca! Es más, le llama: “Amigo”, y lo besa. El misterio de Judas: ¿cómo es el misterio de Judas? No sé… Don Primo Mazzolari lo explicó mejor que yo… Sí, me consuela contemplar aquel capitel de Vézelay: ¿cómo terminó Judas? No lo sé. Jesús amenaza con fuerza, aquí; amenaza con fuerza: “¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le habría valido a ese hombre no haber nacido!” (cf. Mt 26,24). ¿Pero eso significa que Judas está en el infierno? No lo sé. Yo miro el capitel. Y escucho la palabra de Jesús: “Amigo”.

Pero esto nos hace pensar en otra cosa, que es más real, más que hoy: el diablo entró en Judas, fue el diablo quien lo llevó a este punto. ¿Y cómo terminó la historia? El diablo es un mal pagador. No es un pagador confiable. Te promete todo, te hace ver todo y al final te deja solo a ahorcarte en tu desesperación.

El corazón de Judas, inquieto, atormentado por la codicia y atormentado por el amor a Jesús —un amor que no ha logrado hacerse amor—, atormentado por esta niebla, vuelve a los sacerdotes pidiendo perdón, pidiendo salvación. “¿A nosotros, ¿qué? Tú verás…” (cf. Mt 27,4): el diablo habla así y nos deja en la desesperación.

Pensemos en tantos Judas institucionalizados en este mundo, que explotan a la gente. Y también pensemos en el pequeño Judas que cada uno de nosotros tiene dentro de sí a la hora de elegir: entre lealtad o interés. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de traicionar, de vender, de elegir por el propio interés. Cada uno de nosotros tiene la posibilidad de dejarse atraer por el amor al dinero o a los bienes o al bienestar futuro. “Judas, ¿dónde estás?”. Pero la pregunta la hago a cada uno de nosotros: “Tú, Judas, el pequeño Judas que tengo dentro: ¿dónde estás?”.

 

Jueves Santo: Misa Crismal

Homilía del Cardenal Pironio

Is 61,1-3a.6a.8b-9 / Sal 88 / Ap 1,5-8 / Lc 4,16-21

De una homilía del 22 de junio de 1995

 

“Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor.”(1 Jn 4,16)

¡Qué bellas son estas palabras de Juan, el discípulo que Jesús amaba, aquel que en la Última Cena reclino la cabeza sobre el pecho de Jesús! Para comprender el corazón de Jesús, para intuir sus latidos de amor es necesario ser un contemplativo, un testigo, uno que ha visto con los propios ojos y tocado con las propias manos al Verbo de vida.

En nuestra oración de hoy por la santificación de los sacerdotes hay un profundo silencio, una gran capacidad contemplativa, un sereno deseo de escucha, de acogida, de alegre disponibilidad al amor. Hemos creído en el amor que Dios nos tiene. De parte nuestra, pocas y simples palabras: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (Jn 21,17).

El sacerdote, misterio de amor. Propongo tres brevísimas reflexiones a la luz de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

1- El sacerdote fruto, signo, transparencia de un Dios que es amor: Como el Padre me ha amado, así yo os he amado. Permaneced en mi amor (Jn 15,9). Esta es la experiencia más profunda del sacerdote que se siente privilegiadamente amado por Jesús, escogido, consagrado, enviado. Como el Padre me ha enviado, así yo os envío (Jn 20,21). No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo el que os he elegido a vosotros para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca (Jn 15,16). Esta experiencia del amor de Cristo, cotidianamente renovada, conserva la frescura y el ardor del sacerdote. Se siente profunda y alegremente amigo de Dios para los hombres. Como Abraham, el amigo de Dios. Como Moisés que hablaba con Dios cara a cara como un hombre habla con su amigo. Como Juan, el discípulo que Jesús amaba. Vosotros sois mis amigos… Ya no os llamo siervos…; yo os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,14-15). Rezar por la santificación de los sacerdotes es rezar para que aumente en nosotros la intimidad con Cristo en la oración personal, en la celebración litúrgica, en la alegre configuración con Cristo en la cruz pascual.

2- El sacerdote buen pastor y servidor. Yo soy el buen pastor, alimento a mi grey y por ellos doy mi vida. En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene: Dios ha enviado a su Hijo para que tengamos vida por medio de él (1 Jn 4,9). Cristo es el don del Padre para la vida del mundo. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas (Jn 10,11). El sacerdote es el don de Cristo a su Iglesia. Como Cristo -pastor, servidor, esposo- ofrece su vida por la salvación del mundo. En el corazón de la espiritualidad del sacerdote se encuentra la caridad pastoral, hecha de profundidad contemplativa, de serenidad de cruz pascual, de generosa disponibilidad para el servicio. Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel (1 Co 4,1-2). Nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús (1 Co 4,5).

A la luz de Cristo -Pastor, Servidor, Esposo- pensemos en los sacerdotes y recemos por su santificación. Por medio del Espíritu Santo el Señor aumente en nosotros la caridad pastoral, centro y plenitud de la espiritualidad sacerdotal.

3- El sacerdote constructor de comunión. Elegido entre los hombres para el servicio de la Iglesia y la salvación de los hombres, el sacerdote es consagrado por el Espíritu Santo para construir la comunidad eclesial: en comunión profunda con el Obispo, el presbiterio, los religiosos y las religiosas, los fieles laicos. Su vida y su ministerio están al servicio de la comunidad eclesial, mediante la Palabra, la Eucaristía y la Caridad. Una vez más, la urgencia de la caridad pastoral. Centrado en el misterio Pascual, con la alegría de la esperanza y la fecundidad de la cruz: Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). La comunión exige una gran capacidad de donación, hecha con humildad de servidor y alegría de amor fraterno: amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,7-8). No pretendemos imponer nuestro dominio sobre la fe de ustedes: lo que queremos es aumentarles el gozo (2 Co 1,24).

Confiemos a María, en cuyo seno virginal el Espíritu Santo formó el Santísimo Corazón de Jesús, nuestra oración por la santificación de los sacerdotes.