23 de diciembre: Oh Emmanuel

23 de diciembre: Oh Emmanuel

Oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las naciones y Salvador de los pueblos: Ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

 Esta última antífona que cantamos el 23 de diciembre es una síntesis de los títulos que se le han ido dando a Jesús a lo largo de todas las antífonas de estos días. El texto de Isaías 32,22: “Dios es nuestro juez, Dios es nuestro Legislador, Dios es nuestro rey: Él nos salvará”, parece ser la inspiración más directa. Pero el título más importante es el de “Emmanuel”, Dios con nosotros, que sabemos que es la promesa de Isaías: “la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”. Mateo, al principio de su Evangelio cita este texto de Isaías cuando narra el anuncio a José (Mateo 1,23) y al final de su Evangelio, pone en labios de Jesús, como una confirmación de su nombre estas palabras: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

San Pablo tuvo esta experiencia de la cercanía del Señor y pudo exclamar: “Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto triunfamos gracias a Aquel que nos amó (Rm 8,31).

Navidad es ante todo la fiesta de la presencia, la fiesta de la cercanía, la fiesta del encuentro. “El Nuevo Testamento es realmente “Evangelio”, “Buena Noticia” que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático o peligroso. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace Niño y podemos tratar de “Tú” a este Dios” (Benedicto XVI).

Al llamarlo “Emmanuel”, Legislador, Rey, Esperanza de los pueblos, reconocemos que el nacimiento de Cristo es el centro de la historia. En Jesús está la salvación, Él es el Salvador de los pueblos, el Salvador de todos, Él viene, nace para salvarnos.

Esta salvación que nos ha traído Cristo con su Encarnación se prolonga en el tiempo por medio de la Iglesia. Para Lucas el tiempo de la Iglesia es tiempo de salvación. La misericordia, la renuncia de todo por el seguimiento de Cristo, la pobreza, la alegría y la oración de la Iglesia, como narran los Hechos de los Apóstoles, hacen presente aquí y ahora la salvación de Jesucristo. Cristo está donde está su Esposa, la Iglesia y su presencia es salvífica. Está donde la Iglesia ora (Mt 18,20) y donde la Iglesia misiona (Mt 28,20). Su presencia, es sobre todo la Presencia Eucarística, la más real y personal. Por eso la Iglesia celebra con tanto gozo la Navidad, como un gran acto de admiración a Cristo realmente presente: “Venid a adorarlo”.