Solemnidades del Tiempo Pascual

El día de la Ascensión la obra de Cristo está plenamente realizada. El día de Pentecostés comienza la obra del Espíritu, enviado por el Padre y el Hijo.

Entre Ascensión y Pentecostés hay un espacio misterioso, breve según las medidas humanas, pero que constituye por sí mismo toda una edad, y en la cual, en un silencio semejante a aquel que precedió a la creación del mundo, la misión del Espíritu es decretada en el secreto de los divinos consejos.

El misterio del Cenáculo es el misterio del silencio. El silencio de la tierra adora el silencio del cielo. Mientras que en las profundidades de la Trinidad la efusión del Espíritu creador es misteriosamente dispuesta, María y los apóstoles retirados y como arrebatados del mundo, están orientados hacia las realidades celestiales. Sus ojos permanecen todavía fijos en la nube en la que Cristo les ha sido arrebatado… 

A través de ellos es la humanidad entera la que espera el cumplimiento de las promesas. Esta espera es también la nuestra. Los estados del Verbo encarnado son un eterno presente para la Iglesia que los adora en su admirable secuencia. Así ocurre en el misterio de estos diez días. Se nos hace adorar al Verbo encarnado en su Exaltación real, en su intercesión soberana, en la plenitud del Espíritu, en la creación de la Iglesia.

Para adorar estos misterios escondidos, hacen falta almas escondidas, escondidas y ajenas al mundo y que vivan en el silencio de Dios. Los misterios del Verbo encarnado, se continúan en la Iglesia que es su cuerpo. No resta sino adorarlos y tomar parte en ellos. Si es verdad, como dice San Pablo, “que Cristo nos ha resucitado y hecho sentar con Él en el cielo” (Ef 2,6), es para pedir, con Él y por Él, incesantemente al Padre, la efusión perpetua del Espíritu que comunica la vida al mundo.

La Ascensión del Señor

El día de la Ascensión es un triunfo de Cristo, una fiesta de victoria. Recordemos todas las fases y etapas de su vida terrena. Dejó el trono de su Padre y bajó al seno de la Santísima Virgen, se recostó en la dura paja del portal de Belén, huyó a Egipto, huyó de su pueblo, vivió en el anónimo, como sencillo obrero en Nazareth; después en andariega misión recorrió Judea y Galilea, buscando la oveja perdida. 

No fue conocido ni
amado por sus hermanos. Por fin, padeció su Pasión Redentora dl Huerto alCalvario. Todo esto porque nos amó y quiso rescatarnos de las garras del demonio e introducirnos en la Patria celestial. Y ahora su obra, a la que consagró su amor y la sangre de sus venas, está consumada. Puede posar satisfecho su mirada sobre su vida pasada. El Hijo entra en la casa paterna. El Padre lo recibe alborozado; y Aquél le muestra sus nuevos hermanos y hermanas: la humanidad redimida. La Liturgia nos muestra la Ascensión en dos imágenes: el vencedor entra triunfante, y como corona de su triunfo lleva consigo a los prisioneros, es decir, a nosotros, los hijos de Dios por el redimidos; hace partícipes de su botín, o sea de la gracia de la Redención, a la Iglesia. La Fiesta de la Ascensión es, al mismo tiempo, la entronización y la coronación de Cristo como Rey de los cielos y de la tierra.

 

Este día es de alborozo también para nosotros. La glorificación del Señor en la Ascensión es también la elevación de la naturaleza humana; nuestra glorificación. Esta idea grabó honda huella en los Santos Padres. La naturaleza humana participa de los más encumbrados honores divinos. Pues Cristo entró en el cielo con su cuerpo humano, con su naturaleza humana; está sentado a la diestra de Dios y permanecerá con su naturaleza humana eternamente. Es ésta una distinción inaudita para los hombres. Uno de los nuestros, nuestra Cabeza, está sentado en el trono de Dios; luego, también nosotros, los miembros de su cuerpo, estamos divinizados. Por este motivo el Prefacio de la fiesta canta de manera significativa: “subió a los cielos para hacernos participar de su divinidad” Más todo esto nos impone esta imperiosa obligación: sursum corda. El pecado no sube al cielo con Cristo. El pecado es una cadena que nos ata a la tierra. Rompamos las ataduras del pecado. Hemos de subir al cielo, primero con la voluntad y el anhelo, debemos morar con el corazón en el cielo, después seguiremos al Señor con alma y cuerpo.

“Y puesto que la Ascensión de Cristo es nuestra elevación, y que el cuerpo también alienta la esperanza de ir un día en pos de su gloriosa cabeza; saltemos, amadísimos, de santa alegría, desbordémonos en piadosos hacimientos de gracias. Porque hoy no solamente nos ha sido asegurada la posesión del Paraíso, sino que hasta hemos penetrado, en la persona de Cristo, a lo más alto de los cielos; habiendo adquirido por la gracia inefable de Jesucristo, derechos más amplios que los que habíamos perdido por la envidia del demonio. Pues aquellos a quienes el venenoso enemigo había despojado de la felicidad de su primera morada, el Hijo de Dios, incorporándolos consigo, los colocó a la diestra del Padre, con el cual vive y reina en unidad, por todos los siglos de los siglos. Amén.”

 

(San León)

Pentecostés

Pentecostés se inserta sobre la fiesta de Pentecostés hebraica, fiesta de agradecimiento por el don de la ley.  Ahora en cambio se recibe el Espíritu Santo que nos hace capaces de cumplir lo que Dios pide.  La Ley no puede dar la vida (Cfr. Gal 3,21) por eso no puede redimir verdaderamente (Cfr. Gal 2,16).  Mientras el Espíritu Santo “es el Señor que da la vida”, la de Dios para poder vivir según Dios.

 

La promesa de la venida del Espíritu Santo está ligada, después de que Cristo ha resucitado, a la creación del hombre nuevo, al cumplimiento de la creación como redención.

.La vida recibida está dentro del marco del testimonio, prácticamente es un único acontecimiento, la misma cosa, se trata de dar gloria al Padre, hacer surgir dentro de nuestra vida el rostro del Padre, su amor, lo mismo que ha hecho el Hijo Jesucristo.  En Él nosotros hemos recibida el aliento (la respiración) del Padre, él es la nueva ley, la
del Espíritu Santo, la que crea el corazónnuevo, la que hace nuevo al hombre.  Llegamos a ser verdaderamente  nuevos porque tenemos el aliento del Padre.  El mismo aliento que hace vivir al Hijo y  que 
viene del Padre nos hace vivir a nosotros: tenemos la vida del Hijo.

El Evangelio dice que es el Espíritu de la verdad.  Esta es la vida engendrada por el Padre.  Es la vida transmitida, la vida entregada, recibida.  Es el espíritu de la filiación.  La fe nos hace descubrir que somos engendrados y que recibimos la vida.  “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10) y la misma fe es el arte de transmitir esta vida.  No se trata de trasmitir la fe sino de transmitir la vida, una vida que se entiende como amor, una vida que se revela como amor, como participación en vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y por lo tanto se revela como comunión.  Porque lo que se participa y lo que es participado es esta vida de comunión.

P. Marko Ivan Rupnik

 

El Espíritu de la verdad es el que nosotros recibimos, lo que nos hace hombres en la verdad porque no hablará por sí mismo sino toma de lo que es de Cristo y lo anuncia (Cfr. Jn 16, 13-14).  La verdad coincide con Dios y Dios es el amor. Por esto la verdad se expresa en la comunión, teniendo en cuenta el otro.  Vladimir Solov’ëv afirma que entender la verdad personalmente como tener razón significa desautorizar la verdad, porque se aísla la verdad en un ideal separándola de la vida.  Es el pecado que separa y que ha hecho falso al hombre. Y esto se reconoce en sus obras (Cfr. Gen 11, 1-9) donde el sujeto unilateral es el yo, yo haré, yo llegaré, yo llegaré a ser.  El hombre falso atribuye un valor absoluto a sí mismo y no logra verlo en el otro y menos aún logra dar un valor absoluto a Aquel que es la fuente de la vida porque cree que ese lugar lo ocupa él. El hombre verdadero es el que sabe que la vida viene del Padre porque la ha acogido “A los que lo han acogido les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).

Añade “Os anunciará las cosas futuras” (Jn 16,13).  Otra posible traducción sería “interpretará lo que tiene que suceder”, o sea que este Espíritu nos hará ver cuál es el fin, la última etapa, el epílogo de una vida filial, nos hará verla unidad de los dos mundos, hará visible lo que es Cristo, que ha pasado de la vida en su humanidad de carne a su humanidad de gloria, como Resucitado.  Nos lleva a una dimensión escatológica, a un cumplimiento de quien vive como hijo.  En este sentido – sobre el modo de interpretar que nos dan los padres de Alejandría- comprendemos también la frase relativa al testimonio “porque habéis estado conmigo desde el principio”.  Esto no se lo puede entender como inicio ni entender cronológicamente sino como haber participado en su vida en la carne y ahora en su gloria. O sea, el Espíritu filial, la vida filial, la vida que viene del Padre se vive en la carne y lleva la carne más allá de la muerte.

Lo que soy como persona en el Espíritu Santo lo vivo en mi realidad humana, en la carne.  La persona se manifiesta y se realiza en su naturaleza.  Esto nos enseña la cristología de los padres. No se puede despreciar la realidad corporal, no se puede separar.  El Espíritu Santo se nos da en nuestra carne, para poder vivir nosotros mismos como don del amor, o sea por la transfiguración de nuestra realidad.  El Espíritu Santo nos capacita para cumplir el mandamiento que el Padre ha dado al Hijo de vivir la vida como ofrenda porque esta vida esta es la vida eterna (Cfr. Jn 12,49-50; Jn 10,17-18) y hace pasar nuestro cuerpo corruptible de aquí a la gloria del Padre, al cuerpo de gloria.

 

"Nuestra meta es el cielo"

Madre Cherubine