Valores

Escuchar

Amar

Servir

Escuchar

Bartimeo, a gritos decía: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. (Lc. 18, 35-43), Todos lo querían hacer callar, y él clamaba más fuerte todavía. “Bartimeo es ciego y no tiene quien lo escuche; Jesús escucha su grito. Y cuando lo encuentra lo deja hablar, como hermanas dominicas, el saber escuchar es el primer paso, como dice el Papa Francisco el apostolado del oído, “escuchar, antes de hablar”. 

En el relato vemos que muchos de los que estaban con Jesús imprecaban a Bartimeo para que se callara. ¡Para Jesús, en cambio, el grito del que pide ayuda no es algo molesto que dificulta el camino, sino una interpelación vital, como dominicas lo más importante es, escuchar la vida!, la vida que late, las necesidades del prójimo, escuchar con amor, con paciencia, como hace Dios con nosotros, Dios nunca se cansa, siempre se alegra cuando lo buscamos.

 

Que Dios nos conceda la gracia de un corazón dócil para escuchar los gritos, los dolores, los sufrimientos de los que están a nuestro lado, el Papa Francisco decía “el grito de los pobres es el grito de esperanza de la Iglesia”, Haciendo nuestro su grito, también nuestra oración, estamos seguros, atravesará las nubes. Ecle (35,17).

 

 

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas para sanar el alma, para restituir justicia y para ayudar a reemprender el camino. Es también una invitación para nosotras de estar atentas a esas angustias de tanta gente que está a nuestro lado, que camina por nuestros barrios, por nuestras ciudades, multiplicando nuestros gestos de amor y solidaridad, guiados por el evangelio, por la Palabra de Dios, identificándonos con este Dios que escucha, responde y libera a su pueblo como decía el Obispo Jorge Novak, “Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”.

Amar

«Dios es amor» (1 Jn 4, 8). «‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, amarás a tu prójimo como a ti mismo’” … Recordemos que “nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19) Nos amó y se entregó por nosotros (Ga 2,20).

 

Dios, que es amor, nos creó por amor y para que podamos amar a los demás permaneciendo unidos a Él. Las dos dimensiones del amor, a Dios y al prójimo, en su unidad, caracterizan al discípulo de Cristo”, como hermanas es una invitación a todas a proyectarnos no solo hacia las urgencias de nuestros hermanos más pobres, sino sobre todo a estar atentos a su necesidad de cercanía fraterna, de sentido de la vida y de ternura, haciendo vida el lema de nuestra fundadora  “Amor que Sana” que nace, y se fortalece de la experiencia del amor de Dios en nuestra propia vida.

Dice el Papa Francisco, amar a Dios significa invertir cada día sus energías para ser su colaborador en el servicio al prójimo sin reservas, en la búsqueda del perdón sin límites y en el cultivo de relaciones de comunión y fraternidad”. Y el prójimo dijo el Papa es la persona que encuentro en el camino de mis días. No se trata de preseleccionar a mi prójimo, sino de tener ojos para verlo y corazón para amarlo. Si practicamos añadió el ver con la mirada de Jesús, siempre escucharemos y estaremos al lado de los necesitados.

 

Como hermanas dominicas seguidoras de Cristo no sólo somos convocadas a practicar el amor al prójimo en asuntos materiales, sino asimismo a llamar la atención de los hombres hacia el Evangelio de Cristo, en el cuidado de los enfermos las hermanas ponen de manifiesto, con su abnegada ayuda, el amor redentor del Señor, queremos que los ancianos experimenten sin cesar, por medio de nosotras, de que su vida, desde el punto de vista de Dios, tiene un gran sentido, a los marginados de la vida queremos darles con nuestra cercanía seguridad y confianza. En la educación nos esforzamos por despertar en los jóvenes la esperanza por la fe en Jesucristo, y de este modo prepararlos para la vida.

Servir

El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos.”

 

(Mateo 20, 26-28)

La gratuidad del amor de Jesús y la manifestación totalizante de su entrega se revelan en el lavatorio de los pies, una vida donada que se convierte en ejemplo para sus discípulos.

 

La comunión y la fraternidad se manifiestan; Jesús obra desde esa comunión con el Padre y muestra su disposición y deseo para buscar el bien de todo ser humano.

 

“El Señor y el Maestro” se hizo siervo. Cada uno de nosotras que formamos su comunidad debe continuar con esta herencia para poder dar la vida al mundo desde los valores que Jesús realizó y enseñó.

 

La única manera de reinar es servir, donarse a sí mismos, hasta “perder” la vida como lo hará Jesús en la cruz en una donación total.

 

Recordamos las palabras de San Pablo: “tengan los mismos sentimientos de Cristo” (Fil 2, 5) y lo que Jesús mismo nos dice: “El hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir” (Mc 10,45).

 

Como hermanas hijas de nuestra madre Cherubine lo que nos inspira a servir es el amor. El amor a Dios y el amor a los demás. Dice el apóstol Pablo: “Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres”. (Colosenses 3:23). El verdadero amor a Dios se vive realmente en el prójimo. Jesús nos lo dice claramente “lo que hiciste a mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste” y además con ejemplos prácticos. Esta caridad brota naturalmente del amor a Dios.